lunes, 16 de noviembre de 2009

Cinco claves para comprender el arte catalán

“Catalunya será cristiana o no será”, esta frase atribuida a quien fuera su patriarca espiritual, el doctor Josep Torras y Bages (Les Cabanyes, Barcelona, 1846- Vic, 1916) -por cierto, notable teórico de la belleza-, está inscrita en la fachada del Monasterio de Montserrat. Una frase que ha sido y es polémica, y más en tiempos de secularización y pluralismo religioso. Sería más clara si añadiésemos al final una sola palabra: “Catalunya será cristiana o no será Catalunya”. Porque es evidente que el factor cristiano ha configurado la personalidad de nuestro pueblo desde sus orígenes hasta tiempos recientes. Y, en concomitancia, el patrimonio artístico catalán, en un altísimo porcentaje, estuvo vinculado a la Iglesia hasta bien entrado el siglo XX.

Podríamos establecer cinco claves para comprender el arte en Catalunya.

1) La mesura humana.

Catalunya es un país relativamente pequeño. Los municipios se forjaron a partir de las sagreras, espacios de inmunidad que rodeaban los templos parroquiales, de allí sus callejas estrechas y tortuosas. Los claustros de los monasterios, las plazas, las calles, suelen ser proporcionados y ecuánimes. Salvadas excepciones, no existen obras colosales. Si comparamos por ejemplo la estatua ecuestre de Marco Aurelio en Roma con la de Ramón Berenguer IV en Barcelona, o el ensanche de París con el de la Ciudad Condal, lo constataremos con facilidad.

2) La romanidad.

Una famosa composición del poeta Sebastián Sánchez Juan, lleva un título explícito: “Som romans” (“Somos romanos”). Es evidente que Catalunya ha tenido unos vínculos históricos con la ciudad Eterna, que han impregnado su ser colectivo y que han cristalizado en diversas formas artísticas que se han perpetuado hasta el día hoy. A medida que se afirma la conciencia catalana, se consolida también el arte después llamado románico que con sus arcos de medio punto, sus capiteles corintios y sus plantas basilicales, emula la grandiosidad y el equilibrio de los tiempos clásicos. Basta con admirar la iglesia del monasterio de Sant Pere de Rodes, para darse cuenta de que el románico catalán no se redujo a las iglesias pequeñas y oscura de los Pirineos y la época medieval tenía poco a ver con las imágenes oscurantistas que después se han difundido. Este espíritu romanista, está búsqueda de refugio en el centro de la cristiandad, se mantuvo latente durante todo el periodo gótico. Nuestras catedrales y basílicas del trescientos y el cuatrocientos nunca alcanzaron la verticalidad de las iglesias centroeuropeas y, en cambio, la amplitud clásica del espacio fue una constante. Tenemos un ejemplo paradigmático en Santa María del Mar, la catedral de los pescadores y marineros, dónde las columnas se separaron como no lo habían hecho hasta entonces en ningún otro edificio de Europa. Es un tópico, afortunadamente superado, que en Catalunya no hubo renacimiento. Lo hubo, aunque naturalmente no tuvo la categoría del italiano o del hispánico.

3) Entre el seny y la rauxa

El seny (entendimiento) y la rauxa (arrebatamiento), son dos conceptos fundamentales para entender el temperamento catalán y los diferentes estilos artísticos. El seny, el sentido común, es la base del pensamiento y del talante catalán. En el siglo XIX, Jaume Balmes escribió El criterio, obra redactada en castellano pero pensada en catalán, que alcanzó una gran difusión. El criterio, el sano y recto criterio, no es otra cosa que el sentido común, el seny. Por otra parte, hay episodios y periodos de la historia de Catalunya caracterizados por la rauxa, la explosión del sentimiento. Esos dos momentos del talante catalán, se reflejan en el arte: si el románico, el gótico, el renacimiento, el neoclasicismo y el novecentismo fueron estilos apolíneos y equilibrados, el barroco, el romanticismo y sobre todo el modernismo, se inscribirían en el dionisíaco, en el arrebatamiento, la exaltación, la fantasía.

4) Los inconclusos

Escribe Josep Pla que el campanario de su pueblo nativo, Palafrugell, (Baix Empordà) inacabado, es el símbolo de la población y de sus habitantes. Y que existen en el país muchas cosas inconclusas. Tal vez los campanarios sean los ejemplos más visibles. Las torres góticas rara vez se culminaron con esbeltas agujas, y se dejaron con azoteas planas. La Catedral de Barcelona, gótica, iniciada en 1298, quedó inacabada hasta el siglo XIX. Una de las torres de Santa María del Mar, hasta 1902. Muchas iglesias aparentemente proyectadas para tener dos campanarios se quedaron en uno solo, como Sant Vicenç de Sarriá o Santa Maria de Badalona, ambas del siglo XVIII. La Pedrera (1906-1910) de Antoni Gaudí, se quedó sin el grupo escultórico de la Virgen del Rosario que la había de coronar. Otras obras del arquitecto quedaron en proyecto como las Misiones Franciscanas de Tánger, el Hotel Atraction de Nueva York o la Capilla de la Asunción de Rancagua (Chile). Una obra editada por la Diputació de Girona titulada Miratges (Espejismos), recoge 52 proyectos de las comarcas gerundenses que se quedaron en el papel, entre ellos, campanarios, pórticos, grupos escolares o planes de urbanización.

5) Excepcionalidad. A pesar de su carácter modesto, en el panorama histórico del arte catalán descuellan algunos monumentos y figuras excepcionales. Algunos ya citados: destaquemos el conjunto de pinturas murales de Sant Climent de Taüll (s. XII), los Monasterios de Poblet y Santes Creus, la Basílica de Santa María del Mar y la Catedral de Girona (s.XIV), los retablos barrocos de Riner (Solsona), Cadaqués (Alt Empordà) y Arenys de Mar (Maresme). Y ya en el siglo XX, el conjunto de pinturas murales de Josep María Sert para la Catedral de Vic (Osona), la Sagrada Familia, la Pedrera o el Park Güell de Antoni Gaudí Cornet en Barcelona, el Cristo de Port-Lligat de Salvador Dalí (hoy en Glasgow, Reino Unido) o algunos de los murales de Joan Miró, que serían incomprensibles sin una hermenéutica transcendente.

Mesura humana, romanidad, alternancia de seny y rauxa, carácter inconcluso y excepcionalidad son claves para acercarse a un patrimonio artístico catalán sacro que aunque gravemente diezmado por las oleadas anticlericales de 1835, 1909 y 1936, mantiene todavía su prestancia y dignidad y, sobre todo, su gran poder de seducción.

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Goethe


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